jueves, 20 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
jueves, 6 de mayo de 2010
jueves, 3 de diciembre de 2009
160 perros muertos y un inconveniente narrativo.
Hacía un trayecto de cien kilómetros cruzando por el interior de la ciudad y desaparecía sin dejar rastros.
La policía inició varias veces una persecución, el problema era que no se podía prever cuándo y dónde aparecía y desaparecía, simplemente lo hacía sin ninguna explicación. En contados intentos la policía logró acercarse poniéndose a la par tratando de obligarlo a orillarse a la acera; fue inútil, el auto no se detenía, parecía un demoníaco artefacto colmado de cadáveres rumba al infierno.
Las personas comenzaron a planear una estrategia para emboscarlo y al fin detenerlo con el objeto de develar su misterio. Llamaron a un famoso matemático para que estableciera coordenadas estadísticas para así dar con una certera previsión del lugar donde iría a aparecer y sorprendentemente tuvieron éxito.
Habían cortado el camino (donde el matemático le ordenó que lo hicieran) con una infranqueable barricada hecha con gatos muertos, como no sabían cuántos eran los perros, el docto les dijo que: dado el modelo y marca del vehículo, la velocidad, los cien kilómetros que inequívocamente recorrían, etc., la cantidad de perros muertos era de 159. Por lo tanto pusieron 159 gatos muertos apilados en el medio del camino. Evidentemente algo debería ocurrir y ocurrió.
El endemoniado automóvil surgió desde la nada y recorrió cincuenta kilómetros hasta encontrarse con la barricada. Se detuvo. Sus cuatro puertas se abrieron y los perros salieron a atacar a los gatos, pero había uno que no tenía gato que atacar. En cambio, dirigió sus pútridos ojos hacia la escondida muchedumbre que espiaba lo sucedido. Frunció el hocico husmeando sus humanos olores y orientó sus orejas hacia ellos. Mientras los otros perros terminaban de descuartizar los felinos cadáveres hasta reducirlos a casi nada, el perro se mantuvo expectante, observando a las personas. Luego todos regresaron al vehículo y se marcharon.
El espectáculo había resultado tan intimidante y desagradable que ni la policía supo qué hacer. No se percataron de que habían cometido un irreparable y fatal error. Uno de los perros había quedado sin su gato, de este modo no se pueden escribir cuentos con un desenlace prolijo e interesante.
Un hombre cruzando la calle.
¿Quién es? Su nombre es Juan.
¿De dónde viene y hacia dónde va? De su casa y va al trabajo.
¿De qué trabaja? Es empleado en una librería.
¿Edad? 40 años.
¿Qué ropas viste? Pantalón negro, zapatos del mismo color y una camisa blanca.
¿Casado o soltero? Soltero.
¿Qué cosas le gusta? Leer y escribir, (entre otras cosas).
¿Por qué? Porque se relaja y además le gusta aprender cosas nuevas. Escribir porque le agrada la creatividad literaria.
¿Qué cosas no le gustan? El sufrimiento ajeno, la injusticia y la mezquina intencionalidad del existir.
¿Por qué? Porque está convencido que es en vano tanto dolor.
¿La calle de qué lugar? De la ciudad de Frencias.
¿Cómo está el clima? A punto de llover.
¿Hay mucho tránsito? No, uno o dos autos y algunos peatones.
¿Qué hará cuando salga del trabajo y regrese a casa? No regresará a su hogar porque tropezará con un ladrón armado y recibirá un disparo en el entrecejo.
¿Y luego qué pasará? Ya no cruzará la calle. Su nombre Juan solo designará una existencia pasada. Su casa pertenecerá a otro al igual que su puesto de trabajo. La contabilidad de sus años se detendrá y comenzará otra, la de su inesperada defunción. Su cadáver vestirá una mortaja. Siendo soltero, solo sus amigos lo extrañarán (un poco). Sus libros y escritos serán repartidos entre ellos, algunos desechados a la basura. Su inexistente conciencia ya no adquirirá más conocimientos, posiblemente los obtenidos desaparezcan para siempre. Es probable que nadie valore la creatividad de su legado. El sufrimiento ajeno ya no le turbará, tampoco la injusticia y la mezquina intencionalidad del existir se habrá desvanecido para él, eternamente. Todos sus esfuerzos, al cabo de unos años, no significarán nada para nadie. Frencias es una ciudad peligrosa, él lo sabía. Luego de recibir el disparo comenzó a llover torrencialmente. Los peatones, al escuchar el estampido del arma, se acercaron por docenas, algunos descendieron de sus autos protestando por el corte del tránsito y porque estaban apremiados por sus míseras rutinas, tanto así que un conductor perdió el control y atropelló al ladrón dándole muerte en el acto. El criminal había subestimado algo tan elemental como ser un hombre cruzando la calle.