jueves, 3 de diciembre de 2009

160 perros muertos y un inconveniente narrativo.

Ciento sesenta perros muertos dentro de un automóvil viajando a una velocidad promedio de cincuenta kilómetros por hora. Pero, ¿quién conducía el automóvil? Nadie. Los perros muertos estaban apretados uno sobre otros y en forma desordenada, ninguna persona detrás del volante llevaba el control del vehículo.
Hacía un trayecto de cien kilómetros cruzando por el interior de la ciudad y desaparecía sin dejar rastros.
La policía inició varias veces una persecución, el problema era que no se podía prever cuándo y dónde aparecía y desaparecía, simplemente lo hacía sin ninguna explicación. En contados intentos la policía logró acercarse poniéndose a la par tratando de obligarlo a orillarse a la acera; fue inútil, el auto no se detenía, parecía un demoníaco artefacto colmado de cadáveres rumba al infierno.

Las personas comenzaron a planear una estrategia para emboscarlo y al fin detenerlo con el objeto de develar su misterio. Llamaron a un famoso matemático para que estableciera coordenadas estadísticas para así dar con una certera previsión del lugar donde iría a aparecer y sorprendentemente tuvieron éxito.
Habían cortado el camino (donde el matemático le ordenó que lo hicieran) con una infranqueable barricada hecha con gatos muertos, como no sabían cuántos eran los perros, el docto les dijo que: dado el modelo y marca del vehículo, la velocidad, los cien kilómetros que inequívocamente recorrían, etc., la cantidad de perros muertos era de 159. Por lo tanto pusieron 159 gatos muertos apilados en el medio del camino. Evidentemente algo debería ocurrir y ocurrió.

El endemoniado automóvil surgió desde la nada y recorrió cincuenta kilómetros hasta encontrarse con la barricada. Se detuvo. Sus cuatro puertas se abrieron y los perros salieron a atacar a los gatos, pero había uno que no tenía gato que atacar. En cambio, dirigió sus pútridos ojos hacia la escondida muchedumbre que espiaba lo sucedido. Frunció el hocico husmeando sus humanos olores y orientó sus orejas hacia ellos. Mientras los otros perros terminaban de descuartizar los felinos cadáveres hasta reducirlos a casi nada, el perro se mantuvo expectante, observando a las personas. Luego todos regresaron al vehículo y se marcharon.
El espectáculo había resultado tan intimidante y desagradable que ni la policía supo qué hacer. No se percataron de que habían cometido un irreparable y fatal error. Uno de los perros había quedado sin su gato, de este modo no se pueden escribir cuentos con un desenlace prolijo e interesante.

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