jueves, 3 de diciembre de 2009

Un hombre cruzando la calle.


¿Quién es? Su nombre es Juan.

¿De dónde viene y hacia dónde va? De su casa y va al trabajo.

¿De qué trabaja? Es empleado en una librería.

¿Edad? 40 años.

¿Qué ropas viste? Pantalón negro, zapatos del mismo color y una camisa blanca.

¿Casado o soltero? Soltero.

¿Qué cosas le gusta? Leer y escribir, (entre otras cosas).

¿Por qué? Porque se relaja y además le gusta aprender cosas nuevas. Escribir porque le agrada la creatividad literaria.

¿Qué cosas no le gustan? El sufrimiento ajeno, la injusticia y la mezquina intencionalidad del existir.

¿Por qué? Porque está convencido que es en vano tanto dolor.

¿La calle de qué lugar? De la ciudad de Frencias.

¿Cómo está el clima? A punto de llover.

¿Hay mucho tránsito? No, uno o dos autos y algunos peatones.

¿Qué hará cuando salga del trabajo y regrese a casa? No regresará a su hogar porque tropezará con un ladrón armado y recibirá un disparo en el entrecejo.

¿Y luego qué pasará? Ya no cruzará la calle. Su nombre Juan solo designará una existencia pasada. Su casa pertenecerá a otro al igual que su puesto de trabajo. La contabilidad de sus años se detendrá y comenzará otra, la de su inesperada defunción. Su cadáver vestirá una mortaja. Siendo soltero, solo sus amigos lo extrañarán (un poco). Sus libros y escritos serán repartidos entre ellos, algunos desechados a la basura. Su inexistente conciencia ya no adquirirá más conocimientos, posiblemente los obtenidos desaparezcan para siempre. Es probable que nadie valore la creatividad de su legado. El sufrimiento ajeno ya no le turbará, tampoco la injusticia y la mezquina intencionalidad del existir se habrá desvanecido para él, eternamente. Todos sus esfuerzos, al cabo de unos años, no significarán nada para nadie. Frencias es una ciudad peligrosa, él lo sabía. Luego de recibir el disparo comenzó a llover torrencialmente. Los peatones, al escuchar el estampido del arma, se acercaron por docenas, algunos descendieron de sus autos protestando por el corte del tránsito y porque estaban apremiados por sus míseras rutinas, tanto así que un conductor perdió el control y atropelló al ladrón dándole muerte en el acto. El criminal había subestimado algo tan elemental como ser un hombre cruzando la calle.

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